Cristian Roldán

Identidad Boricua

3 January, 2022

“¿Qué vas a hacer en Chicago?” me preguntó Humberto Figueroa un día antes de marcharme, mientras observaba cómo me encogía de hombros. ¿Cómo podría responder algo que ni yo mismo sabía?  A mi parecer se sentía natural, como un instinto, tal si fuera el próximo paso obvio después de graduarse. No sabía hacia dónde me dirigía pero eso poco importa cuando no hay destino fijo. Era lo que habían hecho mis compañeros de clase, mis amigos, mi padre, mi abuelo y hasta los abuelos de mis abuelos. Así que decidí emprender vuelo y unirme a la bandada de alumnos emigrados que probaban suerte en el extranjero. Cualquier cosa era mejor que sentirse en el limbo. Pues “el que tiene padrino se bautiza” y el que no… ahí están las terminales del Luis Muñoz Marín.

Más que un aeropuerto, el Luis Muñoz Marín era una puerta giratoria que funcionaba como vértice de una nación en vaivén. A un lado yacía la tierra natal, con un pasado olvidado en las mazmorras del colonialismo. Al otro, los sueños hurtados de una imaginación poscolonial. Sin embargo, antes de mudarme ya comprendía que el ‘pos’ no es más que un sombrero que disfrazaba la isla de libertad en un acto más de hipocresía del opresor, como si un prefijo pudiera ocultar quinientos años de coloniaje. Ese pos nunca llegó en otra forma que no fuera esperanza. Entre espera y esperanza termina uno haciendo “maleta ’n go”,  yéndose pa’ los Nuyores, Chicago, quizás Orlando, en fin, para cualquier parte en la cual uno se pueda reimaginar a sí mismo en prosperidad. Pues como dice el viejo adagio, “de la esperanza solo vive el pobre”, y no hay nada más costoso que la pobreza. Así que me fui sin pensarlo dos veces.

Al pisar suelo norteamericano no faltó quién me comentara maliciosamente “¿Y entonces qué hacen por acá aquellos que creen en la independencia de la isla?” Como si la identidad boricua estuviese limitada a un espacio geográfico, o a una ideología política. Por el contrario, esta ha sido fuertemente influenciada por una clausura territorial colonial que ha fragmentado una nación en múltiples diásporas. Hablar de identidad puertorriqueña olvidando el historial colonial es narrar una fantasía, o peor aún, el mismo cuento de hadas que se nos relataba en la escuela primaria. La influencia del colonialismo en la identidad es obvia, pues no ha existido aún un Puerto Rico descolonizado. Ha sido mediante esa opresión que cimarrones, jíbaras y jíbaros, mestizos y mulatas, entre otras, que se han reinventado, perpetuando esa mezcla de tradiciones y estilos de vida que hoy llamamos puertorriqueñidad y que como resistencia al olvido se celebran en la diáspora con gran afán. 

No es para menos, pues la historia de la nación puertorriqueña ha sido principalmente dividida en dos territorios: el colonizador y el colonizado. Dicha situación política, en su complejidad, ha creado una identidad mutante que conserva su tradicionalismo, mientras se reinventa y enriquece en nuevos espacios, como resistencia a la erosión de la memoria colectiva. Esa misma reinvención, al otro lado del mar Caribe, se transforma en la otra cara de una misma moneda. Pues sin tomar en cuenta las diásporas la identidad puertorriqueña es una historia incompleta, tal como a un libro al cual se le han arrancado varias páginas antes de devolverlo al estante. Páginas arrancadas que a veces se manifiestan como antología en los ghettos de los Nuyores, cartas a la madre desde Chicago, oda a la patria. En fin, papeles llenos de letras dedicadas a la historia, o cualquier cosa que se deja atrás en busca del progreso. Todo eso deja un vacío donde quiera que uno vaya, pues son elementos irremplazables que laten dentro con mayor fuerza en su ausencia. Y así van pasando los años en una historia mutilada, entre el aquí y el allá, en un vaivén eterno característico de un mundo bifurcado.

Van ya siete años desde que me uní a esa diáspora, pero aún recuerdo las palabras de Humberto Figueroa que ante mi silencio prosiguió: “¿Qué no sabes ni qué vas a hacer?”, con tal tono que sentí hasta vergüenza. “Toma” me dijo  mientras escribía una dirección de email y un nombre en un papelito. “Tan pronto llegues allá vas a ponerte en contacto con ella. Allá hay una comunidad boricua. Ellos te echarán una mano.” Cerré el puño con el papelito adentro y me fuí a hacer la maleta. 

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Cristian Roldán es un Artista / Muralista puertorriqueño que obtuvo una Maestría en Educación Artística de la Escuela del Instituto de Artes de Chicago y una Licenciatura en Sociología de la Universidad de Puerto Rico.

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