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Crónica de un conjuro
15 May, 2026
Fue durante una noche de primavera en Chicago, un día de marzo del año 2025, uno de esos días que parecen apresurados desde que comienzan. La tarde estaba gris, como muchas otras en esta temporada, se sentía un peso en el aire. Nos reunimos en un espacio familiar, había flores, té y un perro; la casa se sentía acogedora, como un refugio cálido en medio del caos.
En cuanto encendimos algunas velas, tocaron la puerta. Y así, fuimos llegando como una marea lenta pero firme. La convocatoria había sido amplia, pero la rutina es siempre impredecible. El deseo era claro: reunirnos y encontrar una forma de apoyarnos, de hablar sobre cómo fortalecer nuestra comunidad en medio del clima político que se vive en Estados Unidos, a tres meses de la toma de posesión de un presidente cuyas acciones no han mostrado más que odio, intolerancia y retroceso.
Comenzamos con una pregunta sencilla ¿Cómo nos sentimos? “Confundida”, dijo una de nosotras, “con miedo y en riesgo”, añadió otra, “frustrada, a la defensiva”, murmuró alguien más. “Me parece repulsivo lo que está pasando”, dijo una, casi como si esas palabras fueran una exhalación que liberaba algo pesado. “Es patético”, contestó otra con una mezcla de ira y desesperanza.
Y es que aún nos sorprende, después de 70 años de lucha feminista, que tengamos que seguir exigiendo nuestros derechos y la autonomía sobre nuestros cuerpos e identidades ¿o acaso siempre habrá alguien intentando arrebatarnos nuestra libertad?
¿Será que la lucha nunca termina?
Sayak Valencia, activista queer y transfeminista mexicana, afirma que el capitalismo está vinculado a las dinámicas de poder de la masculinidad hegemónica y que la violencia hacia las mujeres es una estrategia utilizada por el patriarcado para su autoafirmación. El patriarcado entendido como modelo social gobernado por la dominación masculina. “La violencia aquí se convierte primero en un recurso para la socialización masculina, en una herramienta crucial para obtener legitimidad a través del cumplimiento de una de las demandas esenciales de la masculinidad: el acceso al poder mediante el enriquecimiento económico y la superioridad que esto otorga dentro de la jerarquía de los valores patriarcales y capitalistas.”
El feminismo interseccional hoy, parafraseando a Judith Buttler, es un movimiento que busca cambiar el paradigma en un mundo marcado por el género, y que lucha contra todas las formas de discriminación. En donde lo que significa ser mujer depende del contexto, la ubicación geográfica, la cultura, el idioma, entre otros factores.
Quienes nos reunimos, aquel día de marzo, rechazamos este sistema patriarcal y heteronormativo que justifica la violencia, la pobreza, el racismo, la homofobia, la transfobia y la guerra. El sistema en el que no sólo no estamos suficientemente representadas ni somos escuchadas, sino por el que estamos siendo directamente violentadas. Además, nos parece inverosímil que haya gente a favor de un régimen que promueve políticas anti-inmigrantes, anti-LGBTQ+ y que encima pretenden acelerar el ecocidio; no sólo porque no tienen ningún sentido, sino porque son inhumanas e inaceptables.
Coincidimos, entonces, que este momento se siente como una recaída. Un retroceso tan evidente que resulta difícil enfocarse para hacer frente a la locura patriarcal.
“Como ciudadana de este país, me siento parcialmente responsable”, dijo una de nosotras, la única nacida y criada en Estados Unidos. Su voz se sentía cargada de tristeza. “Es difícil lidiar con eso, especialmente cuando tengo amigas cercanas que son inmigrantes, y este país acaba de votar por un presidente cuyo lema de campaña fue la deportación masiva. Me siento avergonzada”, confesó.
“Me aterra ver a mi comunidad, a mis amigas, a mi gente, directamente atacada”, dijo otra de nosotras, con voz de preocupación. “No siento que la situación política de Estados Unidos sea necesariamente mi lucha, pero sí lo es proteger a mi comunidad.”
Así, concluimos, que nuestra respuesta a este monstruo tiene que ser clara y directa. No podemos normalizar lo que esta sucediendo. ¡Cualquier política que niegue la humanidad de una persona está mal! “Nadie puede exigir libertad si las demás personas no tienen el mismo derecho. La libre expresión no debería ser una amenaza para nadie; al contrario, nos debería enseñar que todas y todos tenemos esa posibilidad, incluso si esa no es tu versión de libertad de expresión” dijo una de nosotras con seguridad.
¿Qué necesitamos? ¿Cómo podemos apoyarnos unas a otras?
Después de escucharnos detenidamente, coincidimos: tan solo abrir estos espacios, reunirnos y designar un momento para compartir cómo nos sentimos, ya es un acto de amor y sororidad tan poderoso que se convierte en un acto político. Y aunque las ganas de cerrar los ojos o los oídos sean fuertes, no podemos ser indiferentes ante lo que está sucediendo. Necesitamos canalizar nuestras emociones e intercambiar ideas, reconociendo que el poder que tenemos recae en el amor, la ternura radical y el cuidado a nuestra comunidad.
“Tejamos redes”, dijo una de nosotras, transmitiendo una energía renovada. “¡Sí!” respondimos las demás, unidas en la certeza de que, aunque el camino sea incierto, la acción colectiva es la respuesta.
Una red para escucharnos, entendernos, apoyarnos y, sobre todo, para accionar. Y qué mejor espacio que el arte, el lenguaje que nos une. Tener la capacidad de crear, de formar algo, es invaluable. El arte tiene el poder de generar una conexión emocional profunda y despertar conciencias. Necesitamos más gente despierta, activa y dispuesta a luchar.
El arte es y será siempre nuestra trinchera. En un mundo donde el odio y la violencia parecen ganar terreno, ahora más que nunca, es necesario actuar desde lo opuesto: el amor. Cuando la violencia resuena más fuerte, cuando las personas actúan desde sus miedos e inseguridades, es cuando el amor y la empatía deben manifestarse de manera más visible y radical.
“Hagamos quilts, textiles, imágenes”, dijo la voz colectiva. “Combatamos con metáforas y resistamos con poesía. Dejemos que estos procesos creativos nos sanen. Reunámonos, sintamos, pensemos, gestemos y cambiémoslo todo”.
Fue entonces cuando ese día gris se iluminó por la luna, la casa nos acogió volviéndose testigo de un comienzo y las mujeres que cruzamos por la puerta nos convertimos en una colectiva.
Sofía Gabriel del Callejo. Estudió teatro y literatura latinoamericana. Su último libro lleva por título Relatos arcanos.

