Miguel Marzana

Miguel Marzana

En el sueño (No abras la puerta- Performance de los paleteros)

2 April, 2026

Anoche soñé que estaba en una marcha en la que caminamos por varios días. El sueño de este sueño se trataba de una manifestación inmensa, en la que parecía que esta vez, sí se iba a poder. 

Entre millones gritábamos ¡Sí se puede!, ¡sí se puede!, ¡sí se puede! En la multitud se escuchaban cantos y gritos de protesta en todos los idiomas, en español, en polaco, en inglés, en sioux, en francés, en árabe, en chino, etc. Estábamos todos, mujeres y hombres, la comunidad entera LGBT, habían niños, viejos y jóvenes cantando a pecho abierto, y hasta celebridades junto a gangsters ondeando banderas de arcoíris. Al tercer día llegamos a Washington, los megáfonos anunciaban que la cabeza de la marcha se había instalado en la avenida Pensilvania, nos detuvimos a descansar, pero a lo lejos se escucharon disparos y se vio mucho humo. Un hedor picante llegó hasta nosotros y empezamos a toser y a lagrimear, algunos vomitaban, cuando una brigada de camilleros pasó cargando a los primeros muertos. Uno de ellos, con los ojos bien abiertos me dijo que les habían soltado a los perros y les habían golpeado hasta terminar sus vidas; que la policía, el ejército y grupos extremistas armados habían parado la cabeza de la marcha, también dijo que tenían tanques, cañones de agua, y estaban disparando granadas de gas y proyectiles de balines, y que los helicópteros y los drones que nos sobrevolaban estaban armados y listos para disparar.                                                                                                                                        

  De pronto la sirena de alarma general sonó en la ciudad, empezaron los disparos que se escucharon en el cielo como palomitas. En el caos, unos discursos gritaban: ¡Este es el momento compañeros!, ¡Ya no importa nada compañeros!, ¡Avancemos hasta el frente! Unos moralistas rogaban que dispersemos la marcha, que regresemos a nuestras ciudades santuario y que nos perdonarían si en la retirada no dañábamos el césped. Un grupo de religiosos decía que la virgencita estaba llorando, mientras mostraban los estigmas en el cuerpo de una mujer desnuda, la exorcizaban y empezaban una orgía. Todos gritaban incoherencias y hablaban de profecías con finales desconocidos. Todo era muy absurdo; yo ofrecía mis paletas y estaba desnudo también… De repente se escuchó el barritar estruendoso de un animal inmenso, que nos dejó callados y sin lamento; montado en un elefante blanco, apareció Gandhi y nos ordenó: ¡Silencio!, mientras avanzaba hacia el frente, con la cara pintada de rojo, empuñando un fémur.

  Vi un grupo de anarquistas sacándose selfies y haciendo boquita de pato junto al monumento a Washington, en la piscina memorial a Lincoln había un concierto de rock y todos se metían al agua; me sentí afiebrado, entonces dejé mi carrito de paletas y cuando estaba a punto de darme un chapuzón se me acercó un niño, me preguntó si el color de la piel o de los huevos tiene algo que ver con lo grande que de grande puede ser uno, pero sin entender lo que me decía y sin saber que responderle, le di una paleta de fresa. Entonces un estruendo nos hizo temblar a todos al momento. En el cielo apareció algo muy extraño, de las nubes emergió algo que parecía una ciudad flotante. A medida que el cielo se despejaba, los rayos de sol que se colaban entre las nubes alumbraron monolitos, pirámides y edificaciones de todo tipo. ¡La visión era real!, ¡era clara y no desaparecía!, ahí nos dimos cuenta que la aparición sobre nuestras cabezas se precipitaba inminentemente sobre nosotros. Todos comenzaron a correr asustados en todas direcciones, yo corrí y corrí junto con los miles de millones que minutos antes avanzaban, corrí y corrí hasta que llegué al punto donde se había instalado la cabeza de la marcha y desconcertado vi que la escena no había cambiado nada desde que cayeron los primeros muertos. Ahora la violencia no se distinguía, los cuerpos chocaban violentamente unos contra otros y seguíamos matándonos hasta con los dientes. 

Corrí espantado, sabiendo cómo todo acabaría, corrí y corrí, pero me detuve cuando vi al niño tirado en el suelo, me detuve pensando en su pregunta y lo vi desvaneciéndose con la paleta de fresa derritiéndose en su mano; sin saber que hacer me quedé inmóbil, pensando que estaba muerto, pero me hinqué para cargarlo y cuando lo toqué, él abrió los ojos y juntos miramos el final, juntos vimos cómo se desmoronaba la punta del obelisco por el peso de lo que caía, y mientras esto sucedía él niño me susurro algo…    

 

—¿Sabes qué me dijo?   

—                                                                                                             

—   Shsss… no abras la puerta.