Cavo Valecillo
Venezuela y yo
19 January, 2026
Tercer día de enero de 2026. Una multitud de mensajes hacen vibrar mi celular y me despiertan en plena madrugada. Los mensajes de mis amigues me preguntan por mi familia paterna, cuya totalidad vive en Venezuela, y si todo está bien en mi otro país, México. Ellos saben que mi papá, y por ende yo, somos de allá; siempre lo he dicho con orgullo. Una mitad de mi ser le corresponde a ese país que desde hace años no deja de ser una advertencia para unos y una muestra de resistencia para otros.
Entro a internet, aún confundido por el sueño y me impresiona lo que veo. Caracas ha sido bombardeada. La primera intervención estadounidense en suelo latinoamericano en el siglo XXI. El bombardeo de diversas estructuras militares y civiles dejó un número de muertos que, a día de hoy, continúa indeterminado y muchas preguntas que solo aumentarán en las próximas horas. Este acontecimiento me cae como un balde de agua fría. ¿Despierto a mi viejo para decirle o dejo que siga durmiendo? Elijo lo segundo.
Pocas horas después, se anuncia que Nicolás Maduro fue secuestrado y se encuentra en rumbo a Nueva York para ser juzgado. Decido despertar de una vez a mi papá quien reacciona con alegría, ante la noticia de que cayó Maduro y corre a contactar a todos sus amigos en Venezuela. Mi madre y yo estamos preocupados: si con esa impunidad se puede intervenir un país, ¿qué le depara al resto del mundo? El optimismo de mi padre se diluye rápidamente tras la conferencia de prensa del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. En ella anuncia que la acción tuvo como objetivo llevar a Maduro ante la justicia y obligar al país sudamericano a reajustar sus relaciones con los Estados Unidos para cederle la explotación de su mayor recurso, el petróleo. Poco después, también echará por tierra muchas de las esperanzas de otro tanto de venezolanos al despreciar a la reciente Nobel de la Paz, Maria Corina Machado, diciendo que no espera que asuma el poder porque ya ha pactado con la cúpula chavista.
Las reacciones de perplejidad no se hicieron esperar. Al igual que en mi casa, a lo largo del mundo grupos de personas condenaron el ataque y otros lo celebraron. Estos últimos, en su mayoría venezolanos de la diáspora que ha regado más de 7 millones de connacionales por el mundo, dejaron confusos a más de uno ¿Cómo es que hubiera muestras de alegría y celebración ante lo ocurrido y por qué osaban manifestarse los venezolanos en los distintos países que los han recibido—más no siempre acogido— festejando el secuestro de su presidente? ¿Cómo llegamos hasta aquí?
*Familia Valecillo en su casa. Archivo privado del autor.
Estas son cuestiones que me parecen de suma importancia y que considero que vale la pena problematizar. Porque contrario a las respuestas y explicaciones sencillas: como quienes señalaron a quienes celebraban la caída de Maduro de entreguistas, idiotas, fascistas (despolitizando cada vez más este último término como parte de los muchos epítetos usados para calificarlos), como quienes desde el otro lado se cerraban al diálogo mencionando que solo los venezolanos saben lo que han sufrido, o que la intervención era necesaria, el debate se volvió maniqueísta, más parecido a un evento entre dos equipos representando a dos regímenes. Esto se entiende en un primer momento, cuando uno se encuentra atrapado en el acontecimiento, cuando la realidad brutal de los hechos nos toma de golpe, cuando el caso le concierne a uno directamente; lo sorprende a uno con demasiada violencia para conservar la sangre fría. No obstante, la realidad siempre es más compleja y problemática de lo que parece y vale la pena pausar por un momento y tratar de comprender desde múltiples aristas.
Para hacerlo no es necesario ser venezolano, pero sí ser empático y crítico con ambas posturas. Así como quienes han sufrido a Maduro tienen sus razones para alegrarse, también los que se oponen a la injerencia extranjera y defienden a este último tienen las suyas para preocuparse. 40 años. Creo que vale la pena hablar de aquellos que celebraron la caída del dictador porque, es verdad, no todos han sufrido las vejaciones del régimen en carne propia, o peor aún, sufrido la decepción de dejar de creer algo que se apoyó tan fervientemente y que ahora no sabe cómo va a continuar.
Como bien han mencionado muchos, se puede criticar la acción estadounidense y a la vez ser crítico del régimen chavista. Porque esto no se trata de tomar bandera y alentar por un bando, no es un partido de fútbol. Hay mucha gente sufriendo y queriendo volver a su hogar y vale la pena entender este fenómeno. ¿Qué pasó en Venezuela y qué ocurrió con el chavismo? Esto es algo que quiero tratar de responder de forma rápida.
Mi imagen de Venezuela es la de una multitud de paisajes y espacios que ya no existen, construidos con retazos de memoria y saltos temporales. En ellos veo una serie de escenas pobladas por las personas que quiero y por espacios con los que el tiempo fue inclemente. Veo la alegría por la mejora que significó para ellos el ascenso de la izquierda al poder y las reformas que llevó a cabo. Alegría posteriormente transformada en rabia y decepción que trajo consigo el acelerado deterioro del país a consecuencia de un régimen que de progresista solo tenía el discurso de ser anti-imperialista. Tras el ascenso de Maduro en 2013, quedó claro que él no era el difunto Chávez. No tenía su arrebato, carisma y mucho menos su proyecto. Su falta de apoyo la palió con una militarización y persecución ante cualquier tipo de oposición a la cual tildaba de imperialista y agente del enemigo.
Maduro ilegalizó partidos políticos tanto de izquierda como de derecha, creó el centro de tortura más grande del continente, grupos paramilitares y grupos de tareas entrenados para reprimir como las FAES (Fuerzas Armadas Especiales) para criminalizar la pobreza porque a los ricos sigue sin tocarlos; organizó la desaparición y encarcelamiento de sindicalistas y lideres políticos, cometió un fraude electoral y desconoció resultados una y otra vez. Dejó atrás las reivindicaciones a los más pobres, incrementó su apoyo a las comunidades indígenas, pulverizó el salario mínimo, degradó a los profesores, obstaculizó candidaturas independientes, reprivatizó empresas, vendió el oro, quitó títulos de tierra comunal, eliminó cooperativas, creó una crisis ambiental en el Orinoco, violó la constitución al permitir mayor participación privada que nacional, y dejó botados cientos de proyectos que ahora son elefantes blancos y registros de un proyecto que se olvidó de completarlos. Las sanciones empeoran la situación pero no son, de ninguna manera, la causa. Y lamentablemente este proyecto promete seguir tras los acuerdos de la cúpula madurista con Trump. Porque se fue el jerarca pero sus chacales permanecieron.
Y aunque el contenido y discurso de un buen segmento de venezolanos—que fueron los primeros en migrar y que gracias a sus privilegios de clase y poder resuena más en redes—es en ocasiones detestable, sus críticas no son las únicas. Desde hace tiempo son los sectores más pobres los que protestan y son estos mismos los que se han ido a todos los rincones del mundo. Trabajadores precarizados que ante la crisis no viajaron en avión sino a pie hasta donde les permitían sus fuerzas y su fe, cruzando el Darién y las fronteras. Una realidad que nos habla no de un país sino de una región, Latinoamérica, en la que todos conocemos a alguien que ha emigrado; porque emigrar es un derecho y muchas veces no se hace por gusto sino para encontrar mejores condiciones de vida.
*Archivo privado del autor
Y aquí estamos, en una encrucijada entre dos soberanos a los que no les importan sus súbditos. En el que buscan que tomemos partido por uno de ellos sin entender que la realidad y la historia no debe ser la de los grandes hombres sino la de todos aquellos sujetos que la sostienen. Las personas del común y quienes sufren los embates de las luchas por el poder que han impuesto tanto Maduro como Trump, debemos posicionarnos del lado de los venezolanos, entender nuestra ira y la alegría de quienes celebran la caída de Maduro, sin por ello apoyar una invasión. De igual forma hay que denunciar a un régimen que ha vaciado no solo de riquezas sino de población a un país, porque autodenominarse de izquierda no significa serlo.
Hay que construir nuevos proyectos y plantear nuevas posibilidades porque los actuales nos están llevando al colapso. Son tiempos de alarma para todos y hoy más que nunca es necesario organizarse desde la empatía y la escucha, no caer en la estigmatización sino entender de dónde viene cada proclama con cautela. Alguien que no esté familiarizado con Venezuela no está obligado a ser empático, la propaganda funciona en ambas vías, y eso no los hace cómplices de Maduro. Nos tocará a los venezolanos explicar y abrirnos al diálogo. No caer en la respuesta barata de que quien no sea connacional o no haya vivido lo propio no puede opinar. Porque la realidad nunca es sencilla pero no por ello debemos dejar de hacer el esfuerzo por explicarla y apelar a escuchar al otro y sentir empatía. Solo así podremos construir un mejor futuro y creo que ese es nuestro deber.
Ilustración de Banner: Ariandy Luna, artista gráfica e ilustradora
Carlos Valecillo (CAVO) es historiador y maestro en urbanismo por la UNAM. Mexicano y venezolano, se dedica a analizar estrategias de represión y conflictos sociales. A la par, coordina proyectos comunitarios para reforestar con plantas nativas y una perspectiva social zonas de escasos recursos en el Valle de México. Quiere crear un mundo donde quepan muchos mundos.





